Cada vez es más profunda la brecha que nos separa del desarrollo
Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a
Cada vez es más profunda la brecha que nos separa del desarrollo
Al abrir el último número de la Revista Global encontré un trabajo del buen amigo Carlos López Damm, Embajador del Ecuador, bajo el título “Del Desarrollo al Buen Vivir” sobre el cual no puedo sustraerme de la provocación de hacer algunos comentarios.
El trabajo nos lleva a reflexiones sobre el concepto “desarrollo–subdesarrollo”, el cual ha logrado atrapar en un círculo vicioso las amargas pretensiones, consecuentes o no, de nuestros países para llevar a sus poblaciones a alcanzar niveles de vida dignos. El problema central ha sido que se ha tenido como “norte” para el “desarrollo” el modelo de los países que marcan la avanzada como si fuera el camino ineludible y único para alcanzar el objetivo de bienestar. Sin embargo, lo cierto es que mientras más se logra algún avance en nuestros países, más lejos estamos de los indicadores que se utilizan – en lo económico y lo social – para medir el nivel de desarrollo, por lo que bien se pudiera argumentar que en realidad estamos en “vías de subdesarrollo”. Cada vez la “brecha” que nos separa de lo que se identifica como desarrollo es más profunda y más amplia.
Lo alcanzado por los países desarrollados respondió, en lo esencial, a una coyuntura histórica de dominación y subordinación que se extendió más allá del colonialismo, con la estructuración de un sistema internacional que impuso relaciones desiguales y preferenciales. Los pocos países que han podido romper los lazos malditos de unas relaciones internacionales arbitrarias e injustas han sido la excepción y han estado colocados en contextos muy particulares.
En consecuencia, nada más natural y legítimo que cada país diseñe su propia estrategia acorde con sus percepciones y su historia. Eso es lo que está haciendo Ecuador con una Constitución y un programa socio–económico que enfatiza la “calidad de vida como un proceso de ampliación de oportunidades y capacidades humanas” ya que, también nos dice el Embajador de Ecuador, “es impostergable impulsar nuevos modos de producción, consumo, organización y convivencia”. Descalificar una opción nacional, exitosa por demás, no pasa de ser una posición hegemonista. En otros trabajos ya he reseñado cómo en Ecuador se ha reducido la pobreza en alrededor de un 25%, reconocido por organismos multilaterales, algunos de los cuales son abanderados irreflexivos de los viejos esquemas.
Dentro de la estrategia de mediano plazo el modelo ecuatoriano plantea como herramientas la democratización de los medios de producción, redistribución de riqueza y diversificación de las formas de propiedad y organización. Se propone una sustitución de importaciones selectiva– no aquella dogmática de los años cincuenta-, diversificación de exportaciones y de socios comerciales, fortaleciendo la integración regional, sin la cual, digo yo, no tenemos futuro y nuestro pasado lo demuestra. El modelo se orienta igualmente a la construcción de una sociedad de la información, a la transformación de la matriz energética y edificación de una sociedad de alta educación, inclusiva –para seguir reduciendo la pobreza-, y sostenible; es un modelo verde.