Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a
El límite infranqueable
Por:Hilma Contreras
En estos días he estado revolviendo papeles, clasificando y rompiendo papeles, como se hace en vísperas de un largo viaje o cuando se presiente la muerte. Y me pregunto: ¿Recuerdan los autores de artículos todo cuanto escribieron en la afortunadamente ya pasada ERA? Si yo hubiera escrito uno solo de esos artículos estaría muerta de vergüenza. Porque el miedo, ese miedo que ha sido causa y excusa de tanta literatura sucia, tiene sus límites. Hay una frontera del temor que para no traspasarla es preferible morir. ¿Por qué tiene la gente tanto miedo de morir, si precisamente de lo único que estamos seguros es de la muerte? Hacia ella vamos inexorablemente todos, entonces, ¿a qué viene ese afán de rebajarnos para apenas lograr que se aleje unos cuantos kilómetros?
Releyendo esos periódicos me sofocaban la indignación y de asco a medida que salían a la luz pública, sentí que me inundaba de lágrimas. Sí, hoy no tiemblo de impotente ira, sino de infinita pena, de un dolor inconmensurable que ahonda mi pozo de lágrimas. Fueron dominicanos, son dominicanos, los que ayer escribieron esa cosa babosa, indecente, cobardemente injuriosa y despiadada que para unos significó el "Tente ahí, Muerte, que yo quiero vivir todavía aunque para ello deba maldecir a todos mis compatriotas y renegar de mis familiares todos", y para otros fue el "Yo amo a Trujillo por sobre todas las cosas, aun de mis propios hijos". Sí, ya no siento ira, sino vergüenza. Vergüenza por ellos que no tuvieron el coraje de saber morir a tiempo.
Hombres - ¿se les puede llamar hombres? – que para halagar al Dictador hicieron creer que ignoraban la bárbara masacre de sus hijos en Constanza, Maimón y Estero Hondo. Hombres que bailaron a esos hijos y rieron del chiste atroz a expensas de los valientes muchachos despedazados por la metralla o las torturas. Hombres que besaron los pies del Amo para escupir mejor sobre los amigos, hermanos, primos o sobrinos que en un sobresalto de dignidad gritaron: - !No, hasta aquí llegó mi miedo!
Lo sé perfectamente, hay pocos puros. Fueron demasiados años de vesánica tiranía. Pero el límite, siempre existe el límite que debió ser infranqueable. Aquellos que un día enderezaron la espalda curvada para tomarse entre las manos el corazón herido y sollozando por el hijo o por la patria desafiaron a la muerte, reconocieron ese límite. Esos pueden hablar...Los otros deben tener por lo menos el pudor de callar, de esconderse en un rincón en vez de empujar buscando a colocarse en primera fila para extender la mano.
Esa mano está manchada de la tinta fresca aún con que escribieron esos horribles artículos de lealtad a Trujillo o a Balaguer, de insultos hirientes a los opositores y de burlas a los caídos. Ellos no hicieron nada, absolutamente nada a su debido tiempo para lavársela. Quizás, si les enviáramos de regalo una colección de sus escritos, se espantarían de sí mismos.
Y todo esto viene a cuento porque se me ocurre pensar que así como ayer hubo dominicanos que no vacilaron en sacrificar al pueblo dominicano para satisfacer sus intereses personales, hoy, otros dominicanos están enderezando sus esfuerzos a hacer sufrir ese mismo pueblo que tan caro ha pagado su derecho a la felicidad.
Y vuelvo a repetir que no es cólera, ira, ni siquiera indignación lo que hoy me embargo, sino la pena infinita de los nuevos insultos, las incomprensiones y la enemistad entre los dominicanos.