La consigna de ¡Muerte a los traidores!, coreada por los asistentes a la manifestación de los grupos neonacionalistas del pasado lunes en el parque Independencia, permite medir el grado de peligrosa intolerancia de quienes procuran con saña acallar a los disidentes de mostrenca sentencia del Tribunal Constitucional sobre la nacionalidad.
La consigna no surgió de la nada, ni la parió una presumida emoción “patriótica” incontinente, argumento con el cual los promotores de la manifestación quieren limpiar el embarre.
El origen de esa amenaza fue el distribuido “Álbum de la traición” donde, con un lenguaje saturado de epítetos, de juicios despectivos y degradantes, los neonacionalistas identifican a los “traidores” de esa patria de circunstancia que es la de ellos.
Una preferiría descartar la posibilidad de que las palabras lleguen a vías de hecho, de que ese odio cerval contra los contradictores de la malhadada sentencia derrame la sangre que reclamaron los vociferantes.
Desde la tribuna, nadie se opuso al grito asesino. Nadie lo descalificó como expresión de los convocantes. Por el contrario; en la cuenta de Twitter @defiendetupatria, se publicaron los tuits “en este momento el público corea ‘muerte a los traidores’” y “Duarte lo dijo muerte a los traidores, exclama el público”. Un satisfecho asentimiento de lo coreado.
Una preferiría descartar la posibilidad de que las palabras lleguen a vías de hecho, de que ese odio cerval contra los contradictores de la malhadada sentencia derrame la sangre que reclamaron los vociferantes.
En la historia de la España donde ya se dibujaba el contorno de lo que sería el devenir español bajo Franco, se produjo un incidente que deja una lección moral insuperable y de valor universal. En la Universidad de Salamanca, de la que era rector, Miguel de Unamuno debió escuchar como única refutación de su discurso –contrario al de Francisco Maldonado prometiendo la extirpación de los “cánceres” de Cataluña y el País Vasco— el grito de ¡Viva la muerte!, salido del auditorio.
Los neonacionalistas dominicanos quieren, como el general fascista español, una sociedad que no hable, que asienta bovinamente todo lo que emana del poder, que no razone y que no proteste.
Interrumpido constantemente por el general fascista José Millán-Astray, mutilado de guerra, Unamuno continuó impertérrito: “Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas (…) El general Millán Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada (...)”.
Los neonacionalistas dominicanos quieren, como el general fascista español, una sociedad que no hable, que asienta bovinamente todo lo que emana del poder, que no razone y que no proteste. Ojalá que, para lograrlo, no lleguen al asesinato físico, pero hay que tener cuidado.