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Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a

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JB "SUICIDIO DE DON ANTONIO"

El suicidio del presidente Don Antonio Guzmán, narrado por Joaquín Balaguer

foto familia don antonio guzman1

En enero de 1982, casi en vísperas de las elecciones generales de ese mismo año, me reuní discretamente con el Presidente Don Antonio Guzmán en la casa que hice adquirir para el Estado del Cónsul de Israel, señor Bruno Philips, para destinarla a un museo naval de impedir que uno de los más bellos sitios de la Avenida España fuera afeado con una construcción impropia de ese paseo majestuoso extendido a orillas del océano.

En la casa en cuestión se hallaban además, la esposa del Presidente de la República, la distinguida dama Doña Reneé Klang de Guzmán y los esposos José María Hernández y Sonia Guzmán de Hernández. Pero tanto éstos como mi acompañante, el señor Rafael Bello Andino, no participaron en la entrevista y se retiraron a una pieza vecina.

Ya solos, el presidente Guzmán se desahogó conmigo y me expuso entre otras cosas íntimas, la preocupación por los posibles resultados de las elecciones que debían tener lugar en mayo de ese mismo año. Le atormentaba sobre todo, la posibilidad del triunfo en esa Consulta Electoral del doctor Salvador Jorge Blanco.

Desconfiaba de la supuesta veleidad de su carácter y tenía el temor de ser objeto, en caso de que él triunfara, de represalias y persecuciones.

“Conozco, -me dijo-, a Salvador. Tengo motivos para no confiar en la suerte que correríamos, aun muchos de los miembros de nuestro partido, si llega a escalar la Presidencia de la República”. Entre otros episodios, me refirió que en 1974, se celebró en la ciudad de Santiago una manifestación en que participaron los distintos grupos políticos que suscribieron el llamado“Acuerdo de Santiago” y la cual resultó excepcionalmente concurrida. El éxito de esa concentración popular fue atribuido por algunos dirigentes del PRD al hecho de que el profesor Juan Bosch no se hallaba en ella presente.

Jorge Blanco, según el presidente Guzmán, le visitó al día siguiente para sugerirle que se expulsara del Movimiento al profesor Bosch ya que era evidente que su vinculación al “Acuerdo de Santiago” le restaba a este frente político la adhesión de muchas personas que contemplaban con recelo su supuesta tendencia hacia la extrema izquierda.

Guzmán sorprendido y a la vez indignado, rechazó la propuesta alegando que no podía hacer al compañero Juan Bosch víctima de un desplante de tal naturaleza.

La especie me fue pocos años después confirmada por los esposos José María Hernández y Sonia Guzmán de Hernández, en curso de una conversación que sostuvimos en mi residencia de la Avenida Máximo Gómez y que tuvo el carácter de un encuentro puramente amistoso.

Es sabido que el presidente Guzmán fue víctima, en los días que precedieron a su suicidio, de un desequilibrio emocional que adquirió finalmente en él carácter de crisis depresiva. La noche en que se quitó la vida con su propia pistola había hecho comparecer a su presencia al Secretario de las Fuerzas Armadas, General Mario Imbert Mcgregor.

Sin justificación aparente, le hizo venir desde Constanza precipitadamente. Pero en lugar de un ser humano, tropezó con un bloque de hielo. Hablaron sobre diversos asuntos, particularmente sobre la situación imperante y la inminencia de la ascensión al poder del doctor Jorge Blanco, pero el mandatario no encontró, al parecer, la respuesta que esperaba por parte del titular de los institutos castrenses. Es posible que el Secretario Imbert Mcgregor no acertara a medir la intención del presidente Guzmán. Quizás éste le habló en forma enigmática por no haber hallado en su interlocutor un estado de ánimo propicio a que le desnudara por entero su pensamiento.

Pocos minutos después de haber abandonado el despacho del presidente,  el Secretario de las Fuerzas Armadas, Don Antonio Guzmán penetró en la habitación del Palacio improvisada para que sirviera de barbería presidencial y se hizo inesperadamente en la sien el disparo que le arrebató la vida.

Creo firmemente que el Presidente Guzmán tomó esa decisión porque temió que la ascensión al poder del doctor Jorge Blanco lo expusiera a actos de “falta de compañerismo” semejante al que le fue propuesto contra el profesor Juan Bosch,  a raíz de la manifestación celebrada por el “Acuerdo de Santiago”, en la ciudad del mismo nombre en 1974.

Es esa la única explicación que encuentra el observador menos aprensivo ante la decisión trágica que privó al  país de uno de los políticos de garras más firmes y de uno de sus hombres que reaccionó siempre con mayor entereza ante las adversidades.

Antonio Guzmán demostró durante los años que ejerció la Presidencia de la República y durante el tormentoso período en que se negoció la crisis desencadenada por la guerra civil en 1965, que no era capaz de claudicar a ningún obstáculo por grande que fuera o por ominoso que se presentara ante sus ojos. Pero la perspectiva de ser perseguido injustamente, sea en sí mismo o sea al través de algún miembro de su familia, lo hizo flaquear poniendo en sus manos el arma que segó su existencia.

Es ésta, desde luego, una impresión de quien ésto escribe. Pero admito que se trata de uno de esos misterios que se traga con frecuencia la vida y que la historia es incapaz de descifrar.

Copiado por Ramón Encarnación para AlcarrizosDigital.net,  del libro “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”

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