De la grandeza de las personas hablan sus palabras.
El sonido de la voz y el lenguaje, es la manera de un ser humano comunicar aquellos sentimientos que se encuentran en su interior. Las personas pueden dividirse en dos categorías: Los felices, que fluyen sin quejas por la vida en armonía con su hoja de ruta; y los inadaptados.
El individuo feliz, aún sin ser perfecto, sabe cómo y cuándo aplicar su propia inteligencia emocional.
En la otra categoría, observamos la de los inadaptados, que son personas que aún teniendo el privilegio de respirar, de habitar, se eximen de expresar satisfacción por su vida.
Presumen de conocerse, de tener experiencias, amigos y relaciones, pero no viven más que de la supuesta interpretación del mundo exterior.
Quien es feliz elige a sus amigos, casi siempre pocas personas de calidad; pero también saben como apartarse para disfrutar de su propia soledad.
Quien es feliz se aleja de las murmuraciones, evita hacerse acompañar por personas que tienen por norma despotricar al prójimo.
El inadaptado vive preso de sus arrebatos, crea situaciones ficticias y enemigos favoritos; es despectivo al hablar, intolerante, e irrespetuoso.
No conoce la palabra freno, es capaz de cuando se siente amenazado, de intentar comprometer con sus comentarios a la persona más discreta.
Interiormente es desleal, carece de principios, sólo ve la conveniencia; poco le creen quienes le conocen.
Dice el refrán que no se puede servir a dos amos, cuando con el primero busca controlar, y con el segundo manipular.
Quien es feliz no juzga a nadie, disfruta de su tiempo de vida, y sabe, que si osara a hacer precisiones de valor sobre alguien, deberá tener sobrada calidad moral.
De la grandeza de las personas hablan bien sus palabras, y el carisma con las que se desarrollan.