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Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a

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LA TIGUERIZACION DE LA SOCIEDAD

15 de Octubre del 2012, 8:59 PM
Guido Gómez Mazara 
 
Antes que Mario Emilio Pérez y Lipe Collado invirtieran años desarrollando enjundiosos argumentos sobre ese ser marginal, habilidoso, desprovisto de racionalidad ética y obsesivamente orientado a la conquista de su meta, como se define al  “tiguere dominicano”, la sociedad exhibe un memorial de historias que revelan el alma de un estilo de vida incorporado a lo que somos desde el mismo instante del surgimiento de la patria.
En todo proceso de nuestra historia surge el fantasma de los componedores, áulicos y oportunistas colocados por una  coyuntura excepcional en el centro de los acontecimientos para alcanzar el éxito, sin importar los procedimientos. Desafortunadamente, ese apelativo de tiguere queda enredado en un segmento de la pirámide social y pretenden convencernos de que esa expresión de la realidad está distante de los niveles medios y altos. El índice y la carga de prejuicios mal orientan un retrato sobre bases muy falsas y  asumen su descripción en el orden patrimonial, educativo y del acceso a los bienes materiales. Para una franja importante de la sociedad esa vocación por saltar las reglas y no comportarse conforme los estándares tradicionales es ubicable en un determinado ambiente social. Y eso es totalmente falso.
Un país como el nuestro, sin reglas institucionales, crea las condiciones para que la etiqueta de tiguere se construya desde la perspectiva de sectores hegemónicos donde se traslada con enorme facilidad la culpa hacia “los otros”. Y en ese sentido, perfilamos una idea del triunfo como resultado del esfuerzo y las agallas cuando el beneficiario colinda con los sectores medios y hegemónicos. Por el contrario, desde el mismo momento en que esas herramientas son utilizadas desde los litorales bajos del andamiaje social, la sospecha, impugnación y descalificación certifican al responsable de un “avance sospechoso”.
Los dominicanos convivimos con el tigueraje a todos los niveles. En el orden social, político y económico. Nos seducen las revistas sociales con portadas donde el talentoso pelotero nos enseña su majestuosa villa en casa de campo, y de paso, utiliza una crema blanqueadora para mejorar su apariencia. Recibimos el saludo del político que en cualquier pub o restaurant de la ciudad comenta entre amigos sus “inversiones” en Haití y Panamá, garantizadas desde su asiento en el senado de la República. Asistimos los domingos a la iglesia para darnos el abrazo de la paz con el empresario “exitoso” que acumuló su fortuna por vía de contrabandos aduanales.
La gravedad del proceso de tiguerización de la sociedad es que se torna desproporcionado cuando se mide con diferentes reglas al club de habilidosos capaces de dar el mismo salto, pero su desarrollo es analizado con reglas invertidas. Injustamente se hace un mayor énfasis en estereotipar esos comportamientos en la gente que hace vida pública. Aunque es entendible esa clase de impugnación debido a que estos tienen una mayor carga de observación de la ciudadanía, resulta un poco duro ver a empresarios, generales, curas, artistas e intelectuales disfrutar de un altísimo nivel de tolerancia.
       
Cuentan que ese apelativo a la sofisticación en el seno del país tuvo que ver con el grado de cuestionamiento estimulado por el surgimiento de la combinación Trujillo/Estrella Ureña y su ascenso al poder. Antes del advenimiento del tirano al poder en 1930, los gobernantes nuestros, salvo reconocidas excepciones, cumplieron con el requisito de llevar al poder y a los puestos administrativos “lo mejor del país”. Ahora bien, ese ideal superior estaba fundamentado en el origen social y las riquezas de los protagonistas que enviaron al extranjero a sus hijos y relacionados para perfilarlos en las tareas gubernamentales. Hasta los caudillos regionales que parió todo el conchoprimismo apelaron a sus figuras iluminadas como forma de legitimidad en el ejercicio de sus responsabilidades públicas.
Nadie puede encontrar puntos de coincidencia intelectual entre Emilio Morel  y Desiderio Arias. Aún siendo Ulises Hereaux un hombre de inteligencia excepcional, necesitó del auxilio de una figura de las letras y poeta como Juan Goico Alíx. Y si existe un ejercicio de habilidad y oportunismo  de las ideas en concreto, la experiencia de plumas insignes como los poetas Juan Sánchez Lamouth, Furcy Pichardo, escritores del nivel de Marrero Aristy, Ortega Frier y Joaquín Balaguer demuestran que el funesto beneficiario de la revolución del 23 de mayo de 1930, Rafael L Trujillo Molina, se sirvió con la cuchara grande en sus largos años de poder y terror de lo que el doctor Silvio Torres Saillant llamó el tigueraje intelectual dominicano.
Ajusticiado el tirano, los aires de libertad provocaron “un acomodo” imperceptible en núcleos ciudadanos. La velocidad democrática, con bastante ironía, le asignó licencia a la música para penetrar en una sociedad sedienta de justicia social. Cuando Billo Frómeta  puso en labios de Pío Leyva su popular canción Espera Quisqueyana, no se imaginó que Felipe Pirela no sería asociado  a ese himno entre los dominicanos, sino que ambos baladistas eran superados por la voz de Rafael Colón, vocalista importante de la banda del maestro Luis Alberti y oriundo de  San Cristóbal, lar nativo de Trujillo. Además, la otra pieza musical de moda, Navidad con Libertad, medio país la disfrutó en voz de Vinicio Franco  que junto a Joseíto Mateo, amenizaron bailes al tirano y cuando en los meses posteriores a mayo de 1961 se les impugnaba por su pasado trujillista, los “tres” repetían que ellos cantaban los merengues del régimen, pero otros lo bailan. En esa respuesta radica la esencia de ese acomodo histórico que en el caso de esas magnificas voces revelaba un acto de tigueraje musical.
El que ausculta con detenimiento nuestra conducta histórica encuentra múltiples explicaciones para ese mostrar lo que no somos y aprovechar determinados procesos para practicar en privado lo que condenamos en público. Con la excepción de Juan Bautista Vicini, a quien tocó la tarea de organizar desde la presidencia la salida de las tropas invasoras en 1922 y responsable de la transición democrática y advenimiento al poder entre 1924/1930, los gobernantes dominicanos no provienen de los sectores sociales acomodados. El mismo Horacio Vásquez tenía mayor prestigio por su papel estelar en el ajusticiamiento de Ulises Heraux, el 26 de julio de 1899, que sus capacidades financieras, menguadas como resultado de su rivalidad con el presidente Jimenes, y su posterior salida hacia Cuba donde funda el partido de los rabúses o coludos.
Desde 1930 hasta las elecciones del 2012 los presidentes constitucionales que hemos tenido han  apelado a modalidades y roles donde su postura de “tiguere”  allanó el camino de sus triunfos. Con la salvedad de que su origen social y reconocida pobreza material crean las condiciones para entrar en contacto diario con las modalidades de sobrevivencia del espacio  donde crecen y se desarrollan. De ahí,  un recóndito Navarrete como punto de partida de Joaquín Balaguer; la campiña vegana y exilio para Juan Bosch; la ruralidad productiva de Antonio Guzmán, el litigio en medio de la intolerancia de Jorge Blanco; la pobreza de Villa Juana y el Nueva York como espacio económico de Leonel Fernández; un Gurabo lleno de limitaciones que  le tocó a Hipólito Mejía y el agreste y olvidado sur a Danilo Medina. Aunque los experimentos por promover uno “de arriba” han sido un fracaso, la verdad monda y lironda es que los gobernantes nuestros han tenido que asumir posturas propias del símbolo a representar, pero en lo profundo de su esencia saben de una legitimidad y aceptación producto de su ascenso político y no de situarse en el plano de igualdad de las capas altas. En un tramo de sus vidas fueron impugnados, porque es entendible la preferencia por “otros” y si en el devenir de los acontecimientos posteriores a la muerte del tirano, la banda presidencial hubiese tenido a Donald Reid Cabral, Jacinto Peynado, Carlos Morales, Eduardo Selman, José Antonio Najri, Camilo Lluberes y Miguel Vargas como presidentes, el injusto proceso de tiguerización de la sociedad no “existiera” porque las características y el perfil de los gobernantes tendría un origen que contrasta con la naturaleza de los beneficiados por el voto popular en los últimos cuarenta años.
Lo que pasa con nuestros presidentes es que al ejercer la condición o preservarse como opción de poder, cuentan con un nivel de tolerancia y complicidad excepcional. Con estas acciones podríamos desarrollar una enciclopedia del tigueraje presidencial. ¿Acaso el Balaguer que se propuso renunciar de la presidencia si  retiraban la cuota azucarera, lo asumía como una acción llena de ingenuidad? ¿No  actuaba con la habilidad necesaria Antonio Guzmán cuando concertaba alianzas con los generales balagueristas para su ascenso al poder en 1978? ¿No creaba Jorge Blanco las condiciones para ganar respaldo en sectores no perredeístas  cuando creó la Avanzada Electoral? ¿Desde el  momento en que unificaron sus fuerzas, no aupaban Bosch y Balaguer un candidato para cerrarle el paso a Peña Gómez? ¿Las maromas de Hipólito Mejía para amarrar su chiva en el año 2000 no le abrió las puertas del palacio? ¿No se garantizó Leonel Fernández una tranquilidad de cuatro años cuando ayudó con todos los hierros a Danilo Medina? 
Aunque todos han incurrido en prácticas propias de la real politik, es hacia el PRD que se orienta la mayor carga de prejuicios porque sus éxitos electorales incorporan a la administración pública a las franjas de mayor pobreza. Tal inclusión aparta a sectores sociales que asumen el disfrute de las mieles del poder como consustancial a su clase. Y es cierto: desde la victoria en diciembre de 1962 hasta la fecha, el PRD incluye a los históricamente excluidos y cuando la victoria electoral no se acompaña de pactos con sectores antagónicos se inicia una fase conspirativa, que frente a Juan Bosch se concretó en los mítines de reafirmación cristiana porque ese era el modelo desestabilizador de la época; superado ese método,  el fusilamiento mediático y la fragmentación interna han constituido los mecanismos por excelencia para el descrédito. Desde hace un tiempo, la arquitectura del descrédito orquestada por el padre L. García y el periodista Rafael Bonilla fueron sustituidas por etiquetas de corrupción y narcotráfico que, en el terreno de las cifras estadísticas, otros partidos y sus gobiernos superan a la quinta potencia las gestiones 1978/82, 1982/86 y 2000/2004.
Finalmente, el acceso a los instrumentos de la modernidad como redes sociales y el afán de acumulación está marcando manifestaciones y perfiles del triunfo donde la herramienta básica para su obtención no se asocia a requerimientos académicos y formación hogareña. Esos requisitos son indispensables en la lógica del éxito formal de nuestra ciudadanía que anhela grados de preparación en el extranjero y una conducta guiada por valores religiosos. Con reglas invertidas del avance y acumulación, los requerimientos clásicos están “out”. Y allá en la marginalidad social, donde las apelaciones a una lírica del gueto hacen del Secreto, mejor conocido como El Biberón, el modelo a seguir de nuestros jóvenes en los barrios, y ese retrato musicalizado de su realidad social constituye un hit, El Chaleco, y en la esquina y los patios los muchachos repiten la canción: Yo no tengo amigos no confío en nadie/ esa son las consignas que me dio la calle/ toy pendiente de los que te siguen que te pisotean/ los primeros que se viran son los que te rodean/ te tiran los burros y te jolopean y cuando hay un lio ninguno pelea/ por eso mangué mi tabla y chaleco demasiado palomo pa lo fresco/.
Es doloroso, pero en los muros de Villa Francisca no aparece como antes la fotografía de Ernesto Guevara, ni el Centro Social Obrero representa ese punto de encuentro con un movimiento deportivo que perdió el horizonte. Ahora, los muchachos    de la  José Martí no practican baloncesto para superar las destrezas y condiciones deportivas de Mario Regús, quieren irse a jugársela en el revuelto y brutal. Por desgracia, los que llegaron deportados  pintan en sus brazos la imagen de Figueroa Agosto porque aspiran a sustituirlo. ¡Total, cuando te toca, te toca!
Podría resultar irónico, pero en el país de hoy, los chicos  “in” en los pasillos de UNIBE o dentro de las aulas de la PUCMM tararean el popular denbow de Black Point y se identifican con las letras de su éxito: Esta noche yo salgo/ sin miedo entregado a lo que venga/ me cuida lo que cargo/ bebe reza por mí/ pásame el arma y el reguardo que esta noche yo salgo/ pero mañana me pide lo que quiera/ mami espérame despierta/ le traigo un regalito a tu cartera/ si no vuelvo sal pa la calle/ a disfrutar como si yo estuviera/ tengo que irme pero sé  que mi bebecita me espera/. Y ese encuentro entre el ritmo de los de abajo que penetra por las venas de los niños cool, constituye la venganza silenciosa para desmontar históricas barreras en un mundo que debe ser más cercano, sin importar la diversidad.
Lo injusto es que la carga de la culpa cae en la jurisdicción de los débiles porque en las inmediaciones de las calles donde se exhiben “los hijos de” hay licencia para todo y cuando la podredumbre emerge y llena de sangre a la familia Llenas Aybar nos damos cuenta de que el tigueraje no tiene aposento exclusivo en ningún sector social.
¿Quién está libre de pecado?
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