Afirma en el Vaticano los soldados
del Altísimo luchan por el poder
"Nido de Cuervos en el Vaticano" titula el
diario El País articulo de Pablo Ordaz
A continuación el articulo, reproducido de El País.
En esta historia llena de traición, malas artes, soldados del Altísimo que
luchan por el poder con armas del demonio, un mayordomo ladrón,
un Papa enfermo y un banco que usa el nombre de Dios en vano, tal vez
el único hombre bueno sea el padre George.
El secretario de Estado del Vaticano Tarcisio Bertone, cuando concluyó el
cónclave que escogió al Papa Benedicto XVI en 2003.
George Gänswein es alemán, tiene 57 años, 1.80 de estatura, cuerpo de
atleta, pelo rubio, ojos claros. Desde hace nueve años es el secretario
personal de Joseph Ratzinger y, desde hace algunos meses, su único antídoto
contra el aire envenenado del Vaticano. Un día no muy lejano, a su número de
fax —al alcance de muy pocos— llegó una carta muy comprometedora dirigida
al Papa. Después de que Benedicto XVI la leyese, monseñor Gänswein decidió
guardarla en su pequeña oficina situada dentro del apartamento papal. No
convenía que aquella misiva anduviese danzando por un Vaticano convertido
en campo de batalla. Por eso, cuando el padre George la vio publicada en un libro
junto a decenas de documentos secretos, supo enseguida que el traidor, el
cuervo, el topo, tenía que ser alguien muy cercano. Alguien de la familia.
Así se les llama intramuros. La familia pontificia. La familia del Papa. Los
habitantes del Apartamento —así, con A mayúscula, lo escriben en el Vaticano—en
el que Joseph Ratzinger, más casero que su antecesor, el muy viajero Karol
Wojtila, pasa la mayor parte del día. Además del padre George y del otro
secretario, el sacerdote maltés Alfred Xuereb, “la familia del Papa” está
compuesta por cuatro laicas consagradas —Carmela, Loredana, Cristina y
Rosella—, una monja que le ayuda en los trabajos de estudio y escritura,
sor Birgit Wansing, y un asistente de cámara, Paolo Gabriele, su fiel Paoletto,
el primero que desde hace seis años le da los buenos días, lo ayuda a
vestirse y a celebrar la misa, lo acompaña en todas las audiencias públicas y
privadas, le sirve el café del desayuno, el vino de la comida y la infusión de
la tarde, lo acompaña en sus paseos por el jardín de la azotea y, al caer
la noche, le ayuda a desvestirse para irse a la cama.
Los cardenales acusan al secretario de Estado de ambición desmedida y
de dejarse influir por “ambientes masónicos”. —Buenas noches, Santidad.
La noche del martes 22 de mayo es la última que Paolo Gabriel, de 46 años,
casado y con tres hijos, en posesión de la doble ciudadanía italiana y
vaticana, acompaña al Papa. Al día siguiente, la Gendarmería del Vaticano se
presenta en su casa de Vía de Porta Angelica, sobre el mismo muro que separa
los dos Estados, y lo detiene. El secreto se mantiene dos días. El viernes 25,
la noticia se filtra: detenido el mayordomo del Papa por desvelar y difundir
documentos secretos. Los periodistas buscan imágenes del cuervo o traidor.
No les resulta difícil encontrarlas. Basta con mirar las fotos del papamóvil.
Junto al chófer, siempre con gesto serio, aparece Paolo Gabriel. Detrás,
de pie, impartiendo bendiciones, el Papa, y en el último asiento, sonriente,
el padre George…
Según una carta secreta, Benedicto XVI está dejando todo atado para
que su sucesor sea el arzobispo de Milán.
Papa Benedicto XVI (Joseph Razinger).
Si no fuera por su físico —la revista Vanity Fair lo llegó a llamar monseñor
George Clooney, el teólogo alemán sería un perfecto desconocido. Hasta
hace unos meses, George Gänswein ejecutaba en exclusiva su papel de
discreto ayudante de Joseph Ratzinger, su sombra desde que, en 1996,
el entonces cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe,
la antigua Inquisición, lo llamara a su lado. Sin embargo, de un tiempo a
esta parte, el padre George no ha tenido más remedio que desempeñar
un papel más delicado: el de pasadizo secreto para ver al Papa. A sus 85 años,
Benedicto XVI vive aislado en su apartamento, acorralado por las luchas
entre los cardenales que tratan de ganar poder antes de la celebración
del próximo cónclave. Ratzinger es un hombre anciano y enfermo, pero sobre
todo es un hombre solo. Su viejo amigo y teórica mano derecha, Tarcisio
Bertone, el secretario de Estado del Vaticano, se ha ido alejando de él y, al
tiempo, se ha convertido en el enemigo a batir por el resto de los cardenales
italianos. Lo acusan de una ambición desmedida, de relaciones peligrosas
con los poderes fuertes italianos, incluso de dejarse influir por “ambientes
masónicos”. El Papa, que en los últimos tiempos ha observado con tristeza
cómo el cardenal Bertone ha despedido o enviado al exilio a algunos
de sus colaboradores más queridos, siempre responde con la misma frase
a quien le aconseja cambiar de secretario de Estado: “Ya soy un Papa viejo…”.
Trata de obtener una tregua, pero el resultado es el contrario. La lucha es cada
vez más encarnizada. Bertone se radicaliza y sus enemigos tampoco descansan.
Sentado junto al fax del Apartamento, el padre George sigue recibiendo
cartas espeluznantes dirigidas a Benedicto XVI.
Joseph Ratzinger no se parece en nada a Karol Wojtila. Bien es cierto que los
unía una gran amistad y que Juan Pablo II se apoyó en el cardenal alemán
hasta su muerte. El polaco era luminoso, cordial, infatigable. Se pasaba
el día estrechando manos, sonriendo, recorriendo el mundo. Hasta el punto que,
todavía hoy, cuando uno pasea por el centro de Roma, da la impresión de que
el Papa sigue siendo el polaco, porque son sus postales las más presentes, las
que más se venden. No era difícil, por tanto, hablar con Juan Pablo II, hacerle
pasar un mensaje. A Benedicto XVI, en cambio, no le apasionan las relaciones
humanas. Es tímido, aunque cordial, concienzudo, paciente, amante de la
lectura, más pendiente de los asuntos del cielo que de los de la tierra. De
hecho, solo algunos cardenales escogidos —Ruini, Scola, Bagnasco—
han logrado mostrarle personalmente su opinión desfavorable a Bertone.
Sucedió hace un año, durante un almuerzo en el palacio de Castel Gandolfo, la
residencia veraniega del Papa. El resto se tiene que conformar con utilizar un
canal. El del fax del padre George Gaenswein…
Los cargos financieros están en manos italianas, pese a que los
norteamericanos son los mayores contribuyentes
Carlo Maria Viganò.
Un canal que, desde el pasado verano, deja de ser seguro. El primer golpe
llega con la divulgación, a través de un programa de televisión, de una
carta del arzobispo Carlo Maria Viganò, actual nuncio en Estados Unidos,
en la que le cuenta al Papa diversos casos de corrupción dentro del Vaticano
y le pide no ser removido de su cargo como secretario general del
Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y
abastecimientos—. Viganò, sin embargo, es enviado lejos de Roma por el
secretario de Estado, Tarcisio Bertone. Distintas fuentes aseguran que el
Papa llegó a llorar con aquella decisión, pero no se atrevió a contradecir a
Bertone. La segunda filtración destapa un supuesto compló para matar al
Pontífice. Se trata de una carta muy reciente enviada a Benedicto XVI
por el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos en la que le cuenta que
el cardenal italiano Paolo Romeo, arzobispo de Palermo (Sicilia), acaba de
realizar un viaje a China durante el cual habría comentado: “El Papa
morirá en 12 meses”. Pero no solo eso. Según la carta del obispo colombiano,
escrita en alemán y bajo el sello de “estrictamente confidencial”, el
arzobispo de Palermo se ha despachado a gusto en el país asiático contando
supuestos secretos del Vaticano tales como que el Papa y su número dos,
Tarcisio Bertone, se llevan a matar y que Benedicto XVI está dejando todo
atado y bien atado para que su sucesor al frente de la Iglesia sea el actual
arzobispo de Milán, el cardenal Angelo Scola. Aquellas filtraciones de
documentos, aunque todavía con cuentagotas, conmocionan al Vaticano.
Su portavoz, el padre Federico Lombardi, llega a admitir que la Iglesia está
sufriendo su particular Vaticanleaks. L'Osservatore romano publica un editorial
en el que se describe la situación de Benedicto XVI: un pastor rodeado por lobos.
Paolo Gabriele.
Paolo Gabriele, mientras tanto, sigue llegando cada día a las seis de la
mañana al Apartamento para despertar al Papa. Es un privilegiado.
Todos los trabajadores del Vaticano lo son. No ganan un gran sueldo, pero
forman parte de la plantilla de una empresa con 20 siglos de
antigüedad, que difícilmente irá a la quiebra, con prestigio social en la ciudad
de Roma y una serie de ventajas —vivienda dentro de las 40 hectáreas del
Vaticano, gasolina muy barata— que en la mayoría de los casos heredan sus
hijos. La tormenta que esos días —finales de 2011— azota a la Iglesia
amainará. Como siempre por los siglos de los siglos. Hay una
anécdota muy representativa. Hace unos años, un periodista español le
preguntó a un cardenal por un conflicto en el seno de la Iglesia. El purpurado,
muy serio, inició así su respuesta: “Ya tuvimos ese problema en el siglo XIII…”.
La Banca del Vaticano está siendo sometida a una investigación por
supuesta violación de normas antiblanqueo
La respuesta, aun con otras palabras, sigue siendo la misma, incluso la
más común durante los días posteriores a la detención de Paoletto:
“Ya tuvimos problemas parecidos, e incluso mayores, y siempre salimos
adelante. Tal vez lo que ahora cambie es la velocidad y la magnitud en la
difusión de la noticia. Eso, y no su gravedad, es lo que agranda el
problema”. Un problema, una guerra de poder, puramente italiana.
Tanto los apellidos que ilustran esta historia de intrigas y golpes bajos
como las armas elegidas para el duelo tienen denominación de origen.
“Un típico juego italiano”, lo califican algunos medios de información.
Hay, además, una razón de peso para que sea así. La silla de Pedro lleva
siendo ocupada por un extranjero desde 1978. A un Papa polaco
(Juan Pablo II, desde 1978 a 2005) lo sucedió un Papa alemán
(Benedicto XVI, desde entonces a hoy) y, si los cardenales italianos menores
de 80 años —los únicos que pueden participar en el cónclave— no andan
espabilados, pueden perder una oportunidad de oro. A día de hoy, los
purpurados electores son 122. Italianos, 30 (menos de un cuarto),
estadounidenses, 11, y alemanes, 6. Si cuando Joseph Ratzinger muera, o
dimita, no le sucede un italiano, la próxima vez será más difícil.
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