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Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a

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LOS SOLDADOS DEL ALTÍSIMOS

El secretario de Estado del Vaticano Tarcisio Bertone, cuando concluyó el cónclave que escogió al Papa Benedicto XVI en 2003. 

Afirma en el Vaticano los soldados

del Altísimo luchan por el poder

con armas del demonio

"Nido de Cuervos en el Vaticano" titula el

diario El País articulo de Pablo Ordaz

 

A continuación el articulo, reproducido de El País.

 

En esta historia llena de traición, malas artes, soldados del Altísimo que

luchan por el poder con armas del demonio, un mayordomo ladrón,

un Papa enfermo y un banco que usa el nombre de Dios en vano, tal vez

el único hombre bueno sea el padre George.

 

El secretario de Estado del Vaticano Tarcisio Bertone, cuando concluyó el

cónclave que escogió al Papa Benedicto XVI en 2003. 

 

George Gänswein es alemán, tiene 57 años, 1.80 de estatura, cuerpo de

atleta, pelo rubio, ojos claros. Desde hace nueve años es el secretario

personal de Joseph Ratzinger y, desde hace algunos meses, su único antídoto

contra el aire envenenado del Vaticano. Un día no muy lejano, a su número de

fax —al alcance de muy pocos— llegó una carta muy comprometedora dirigida

al Papa. Después de que Benedicto XVI la leyese, monseñor Gänswein decidió

guardarla en su pequeña oficina situada dentro del apartamento papal. No

convenía que aquella misiva anduviese danzando por un Vaticano convertido

en campo de batalla. Por eso, cuando el padre George la vio publicada en un libro

junto a decenas de documentos secretos, supo enseguida que el traidor, el

cuervo, el topo, tenía que ser alguien muy cercano. Alguien de la familia.

 

Así se les llama intramuros. La familia pontificia. La familia del Papa. Los

habitantes del Apartamento —así, con A mayúscula, lo escriben en el Vaticano—en

el que Joseph Ratzinger, más casero que su antecesor, el muy viajero Karol

Wojtila, pasa la mayor parte del día. Además del padre George y del otro

secretario, el sacerdote maltés Alfred Xuereb, “la familia del Papa” está

compuesta por cuatro laicas consagradas —Carmela, Loredana, Cristina y

Rosella—, una monja que le ayuda en los trabajos de estudio y escritura,

sor Birgit Wansing, y un asistente de cámara, Paolo Gabriele, su fiel Paoletto,

el primero que desde hace seis años le da los buenos días, lo ayuda a

vestirse y a celebrar la misa, lo acompaña en todas las audiencias públicas y

privadas, le sirve el café del desayuno, el vino de la comida y la infusión de

la tarde, lo acompaña en sus paseos por el jardín de la azotea y, al caer

la noche, le ayuda a desvestirse para irse a la cama.

 

Los cardenales acusan al secretario de Estado de ambición desmedida y

de dejarse influir por “ambientes masónicos”. —Buenas noches, Santidad.

 

La noche del martes 22 de mayo es la última que Paolo Gabriel, de 46 años,

casado y con tres hijos, en posesión de la doble ciudadanía italiana y

 

vaticana, acompaña al Papa. Al día siguiente, la Gendarmería del Vaticano se

presenta en su casa de Vía de Porta Angelica, sobre el mismo muro que separa

los dos Estados, y lo detiene. El secreto se mantiene dos días. El viernes 25,

la noticia se filtra: detenido el mayordomo del Papa por desvelar y difundir

documentos secretos. Los periodistas buscan imágenes del cuervo o traidor.

No les resulta difícil encontrarlas. Basta con mirar las fotos del papamóvil.

Junto al chófer, siempre con gesto serio, aparece Paolo Gabriel. Detrás,

de pie, impartiendo bendiciones, el Papa, y en el último asiento, sonriente,

el padre George…

 

Según una carta secreta, Benedicto XVI está dejando todo atado para

que su sucesor sea el arzobispo de Milán.


Papa Benedicto XVI (Joseph Razinger).

 

Si no fuera por su físico —la revista Vanity Fair lo llegó a llamar monseñor

George Clooney, el teólogo alemán sería un perfecto desconocido. Hasta

hace unos meses, George Gänswein ejecutaba en exclusiva su papel de

discreto ayudante de Joseph Ratzinger, su sombra desde que, en 1996,

el entonces cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe,

la antigua Inquisición, lo llamara a su lado. Sin embargo, de un tiempo a

esta parte, el padre George no ha tenido más remedio que desempeñar

un papel más delicado: el de pasadizo secreto para ver al Papa. A sus 85 años,

Benedicto XVI vive aislado en su apartamento, acorralado por las luchas

entre los cardenales que tratan de ganar poder antes de la celebración

del próximo cónclave. Ratzinger es un hombre anciano y enfermo, pero sobre

todo es un hombre solo. Su viejo amigo y teórica mano derecha, Tarcisio

Bertone, el secretario de Estado del Vaticano, se ha ido alejando de él y, al

tiempo, se ha convertido en el enemigo a batir por el resto de los cardenales

italianos. Lo acusan de una ambición desmedida, de relaciones peligrosas

con los poderes fuertes italianos, incluso de dejarse influir por “ambientes

masónicos”. El Papa, que en los últimos tiempos ha observado con tristeza

cómo el cardenal Bertone ha despedido o enviado al exilio a algunos

de sus colaboradores más queridos, siempre responde con la misma frase

a quien le aconseja cambiar de secretario de Estado: “Ya soy un Papa viejo…”.

Trata de obtener una tregua, pero el resultado es el contrario. La lucha es cada

vez más encarnizada. Bertone se radicaliza y sus enemigos tampoco descansan.

Sentado junto al fax del Apartamento, el padre George sigue recibiendo

cartas espeluznantes dirigidas a Benedicto XVI.

 

Joseph Ratzinger no se parece en nada a Karol Wojtila. Bien es cierto que los

unía una gran amistad y que Juan Pablo II se apoyó en el cardenal alemán

hasta su muerte. El polaco era luminoso, cordial, infatigable. Se pasaba

el día estrechando manos, sonriendo, recorriendo el mundo. Hasta el punto que,

todavía hoy, cuando uno pasea por el centro de Roma, da la impresión de que

el Papa sigue siendo el polaco, porque son sus postales las más presentes, las

que más se venden. No era difícil, por tanto, hablar con Juan Pablo II, hacerle

pasar un mensaje. A Benedicto XVI, en cambio, no le apasionan las relaciones

humanas. Es tímido, aunque cordial, concienzudo, paciente, amante de la

lectura, más pendiente de los asuntos del cielo que de los de la tierra. De

hecho, solo algunos cardenales escogidos —Ruini, Scola, Bagnasco—

han logrado mostrarle personalmente su opinión desfavorable a Bertone.

Sucedió hace un año, durante un almuerzo en el palacio de Castel Gandolfo, la

residencia veraniega del Papa. El resto se tiene que conformar con utilizar un

canal. El del fax del padre George Gaenswein…

 

Los cargos financieros están en manos italianas, pese a que los

norteamericanos son los mayores contribuyentes

Carlo Maria Viganò. 

Un canal que, desde el pasado verano, deja de ser seguro. El primer golpe

llega con la divulgación, a través de un programa de televisión, de una

carta del arzobispo Carlo Maria Viganò, actual nuncio en Estados Unidos,

en la que le cuenta al Papa diversos casos de corrupción dentro del Vaticano

y le pide no ser removido de su cargo como secretario general del

Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y

abastecimientos—. Viganò, sin embargo, es enviado lejos de Roma por el

secretario de Estado, Tarcisio Bertone. Distintas fuentes aseguran que el

Papa llegó a llorar con aquella decisión, pero no se atrevió a contradecir a

Bertone. La segunda filtración destapa un supuesto compló para matar al

Pontífice. Se trata de una carta muy reciente enviada a Benedicto XVI

por el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos en la que le cuenta que

el cardenal italiano Paolo Romeo, arzobispo de Palermo (Sicilia), acaba de

realizar un viaje a China durante el cual habría comentado: “El Papa

morirá en 12 meses”. Pero no solo eso. Según la carta del obispo colombiano,

escrita en alemán y bajo el sello de “estrictamente confidencial”, el

arzobispo de Palermo se ha despachado a gusto en el país asiático contando

supuestos secretos del Vaticano tales como que el Papa y su número dos,

Tarcisio Bertone, se llevan a matar y que Benedicto XVI está dejando todo

atado y bien atado para que su sucesor al frente de la Iglesia sea el actual

arzobispo de Milán, el cardenal Angelo Scola. Aquellas filtraciones de

documentos, aunque todavía con cuentagotas, conmocionan al Vaticano.

Su portavoz, el padre Federico Lombardi, llega a admitir que la Iglesia está

sufriendo su particular Vaticanleaks. L'Osservatore romano publica un editorial

en el que se describe la situación de Benedicto XVI: un pastor rodeado por lobos. 


Paolo Gabriele. 

Paolo Gabriele, mientras tanto, sigue llegando cada día a las seis de la

mañana al Apartamento para despertar al Papa. Es un privilegiado.

Todos los trabajadores del Vaticano lo son. No ganan un gran sueldo, pero

forman parte de la plantilla de una empresa con 20 siglos de

antigüedad, que difícilmente irá a la quiebra, con prestigio social en la ciudad

de Roma y una serie de ventajas —vivienda dentro de las 40 hectáreas del

Vaticano, gasolina muy barata— que en la mayoría de los casos heredan sus

hijos. La tormenta que esos días —finales de 2011— azota a la Iglesia

amainará. Como siempre por los siglos de los siglos. Hay una

anécdota muy representativa. Hace unos años, un periodista español le

preguntó a un cardenal por un conflicto en el seno de la Iglesia. El purpurado,

muy serio, inició así su respuesta: “Ya tuvimos ese problema en el siglo XIII…”.

 

La Banca del Vaticano está siendo sometida a una investigación por

supuesta violación de normas antiblanqueo

 

La respuesta, aun con otras palabras, sigue siendo la misma, incluso la

más común durante los días posteriores a la detención de Paoletto:

“Ya tuvimos problemas parecidos, e incluso mayores, y siempre salimos

adelante. Tal vez lo que ahora cambie es la velocidad y la magnitud en la

difusión de la noticia. Eso, y no su gravedad, es lo que agranda el

problema”. Un problema, una guerra de poder, puramente italiana.

Tanto los apellidos que ilustran esta historia de intrigas y golpes bajos

como las armas elegidas para el duelo tienen denominación de origen.

“Un típico juego italiano”, lo califican algunos medios de información.

Hay, además, una razón de peso para que sea así. La silla de Pedro lleva

siendo ocupada por un extranjero desde 1978. A un Papa polaco

(Juan Pablo II, desde 1978 a 2005) lo sucedió un Papa alemán

(Benedicto XVI, desde entonces a hoy) y, si los cardenales italianos menores

de 80 años —los únicos que pueden participar en el cónclave— no andan

espabilados, pueden perder una oportunidad de oro. A día de hoy, los

purpurados electores son 122. Italianos, 30 (menos de un cuarto),

estadounidenses, 11, y alemanes, 6. Si cuando Joseph Ratzinger muera, o

dimita, no le sucede un italiano, la próxima vez será más difícil.

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