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Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a

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NUEVA YORK CHIQUITO

NUEVA-YORK-CHIQUITO.jpg

 

Raúl Pérez Peña (Bacho)

Al culminar en Hatillo Palma un viacrucis por comunidades rurales, el obispo de la diócesis Mao-Montecristi, monseñor Diómedes Espinal, cargó con la cruz  y dijo: “No queremos un Nueva York chiquito, queremos una República Dominicana grande, con mejores condiciones”.

Los representantes de organizaciones comunitarias recorrieron 16 kilómetros “con la cruz a cuestas” en reclamo de caminos, agua, luz eléctrica y otros servicios elementales.

Los reclamantes denunciaron la situación imperante en Arroyo Caña, Agua de Luis, Los Derramaderos y otras secciones y parajes costeros norteños.

El pronunciamiento del obispo Espinal fue relacionado con el discurso del presidente Leonel Fernández el pasado 27 de Febrero ante las cámaras legislativas que incluyó expresiones en tono de satisfacción por supuestos logros urbanos que valdrían a Santo Domingo  el título de un “Nueva York chiquito”.

Críticos del denominado “afán comparativo” del mandatario aducen que las referencias de la urbe norteamericana respecto a nuestra capital apuntan a graves cuestionamientos citados con frecuencia en  convenciones internacionales, mientras otros aparecen en publicaciones locales partiendo de fuentes extranjeras.

Por ejemplo, cifras, de la Convención Interamericana Contra la Corrupción, celebrada en Nueva York en  2010, presentadas por  un experto  en prevención de lavado de dinero, concluyen en lo siguiente:

“Cada año en la  República Dominicana se lavan alrededor de US$1,060 millones  de dinero ilegal, es decir, cerca de un 2% del Producto Interno Bruto (PIB), los cuales provienen de la corrupción, la evasión fiscal y de la actividad criminal violenta”.

Termina sin explicaciones convincentes determinar con precisión los orígenes del financiamiento para la edificación y adquisición en cifras multimillonarias de inmuebles en decenas de torres habitacionales y comerciales que parcialmente matizan un desborde urbano por encima de la lógica del crecimiento del fenómeno inmobiliario en la capital dominicana.  

Se agrega que, según las reglas establecidas, en el país se torna virtualmente imposible la adquisición en las instituciones bancarias préstamos para la compra de apartamentos de costos millonarios que implicarían cuotas de pago por encima de las calificaciones de funcionarios del sector público o privado.

En fin, no cuadran los números, comparaciones y presunciones de  un Nueva York chiquito en un país matizado por miles de comunidades carentes de agua, luz y otros servicios básicos como los del entorno de Hatillo Palma en kilómetros a la redonda.
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