En lo esencial de su fecundo legado político se destacan la vigencia de su pensamiento táctico y estratégico. Primero, su inclaudicable convencimiento del valor de la participación popular en las grandes decisiones partidarias; segundo, la apertura masiva del PRD a las corrientes doctrinaria e ideológica del Nacionalismo Revolucionario, la Socialdemocracia y el Socialismo Democrático; tercero, la incorporación del quehacer político dominicano en las corrientes internacionales progresistas; cuarto, la reestructuración, orientación y conducción del PRD luego de varias tormentosas crisis internas; quinto, su eminente contribución al mejoramiento del sistema democrático dominicano, con el impulso de trascendentales reformas constitucionales, como la prohibición de la reelección presidencial; y, sexto, su desempeño pulcro como Alcalde de la Ciudad de Santo Domingo y como presidente del PRD reunía regularmente los organismos y rendía cuentas de las finanzas del Partido en cumplimiento estatutario, no obstante estar facultado con poderes extraordinarios por mandato de la Convención.
A todos los perredeístas, este miércoles 6 de marzo cuando el líder cumpliría 76 años, nos corresponde levantar la bandera blanca y el jacho prendío y llegar hasta su tumba para hacer un juramento de autocrítica por la unidad y el reencuentro del PRD, por una Convención democrática y por una oposición en defensa y al servicio del pueblo dominicano.