Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a
NEW YORK.- Hay gente que no importa lo que haga en el presente; su pasado, prolijo, incierto y nebuloso -según el cristal particular de cada uno- le perseguirá cual fiscal se dictadura, a lo largo del futuro y mas allá.
Es lo único que se me ocurre pensar cuando paso revista a la vida púbica de Marino Vinicio Castillo Rodríguez, zar dominicano de la lucha contra la droga y en lo adelante, paladín -ahora sin excusas- del combate a la corrupción.
Cierto es que el doble estándar con que se ha enjuiciado al “monstruo” de San Francisco, será óbice para que podamos evaluar objetivamente su trabajo; pero no es menos cierto que en ese devaneo de la sociedad dominicana, en ese eterno acto de emular al avestruz, están quizás, las mejores cartas a jugar por este espécimen en vías de extinción, al aceptar el nuevo encargo.
Su pasado, colorido por el pincel de los hechos y desdibujado por sus adversarios, tiene sin embargo, algunas zonas grises que en su momento, Don Marino habrá de transparentarlas, con la maestría que solo él, sabe infundir a sus relatos.
Su breve paso por el Congreso trujillista, sus funciones de “palero” post dictadura, sistemáticamente difundidas por radio bemba; los dulces arreglos jurídicos con Jorge Blanco -claro desde bancadas diferentes- y su posterior ruptura, bajo los influjos de la adjudicación, liquidación o venta del hotel Concord; sus aventuras en creole con el fenecido Carlitos Mendieta; la muerte de Johnny Abbes; los motivos y argumentos de su match con Hatuey Decamps; las leyes agrarias de Balaguer y su yunta con el PCD, son solo algunos de los capítulos de su novela personal, que quisiera degustar antes de mi partida.
Por las razones que fueren, don Marino no es una monedita de oro, de esas que todos quisiéramos encontrar. Él es más bien una especie de “mal necesario”, un retrato de cada conciencia, un desliz mundano, doloroso y placentero al mismo tiempo, una voz acusadora hasta en los momentos de regocijo.
Porque sus predicciones, en casi todos los órdenes de la vida nacional, han resultado más que verdades de Perogrullo, frases lapidarias, con el sabor agridulce de las advertencias del padre cuando uno se apresta a dejar la casa.
Don Marino es como ese diablito que nos susurra al oído, lo que hace tiempo sabemos, pero que preferimos ignorar. Y lo ignoramos precisamente por él, porque no queremos seguir ni confiar en este quijote moderno que nos han creado, a golpe de ese adoctrinamiento diario que es la política criolla.
Sus nuevas funciones, que mucha gente dice ya son viejas, han de poner a prueba una vez más su temple y reciedumbre. Pero mucho más que eso, deberán evidenciar que ciertamente, la diferencia entre un ejército y otro, no está en lo renovado de sus pelotones sino en la firmeza del nuevo Comandante.
Si el problema de la manada era la permisividad del león mayor, ya resuelto con el remplazo del mando supremo, me atreveré a decir con Joan Manuel Serrat: “hágame un sitio en su montura”.
POR: ROLANDO ROBLE
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