Overblog Todos los blogs Blogs principales Política
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

Este es un lugar en cual los hombres y mujeres de orientación política, podrán conocer mi sentido de lucha por una patria mejor y un porvenir más promisorio para nuestros Niños. Como político, hice lo que quizás pocos han hecho para su patria y su partido. Fui el hombre que 1978, desde el centro de información de la 30 marzo, intercepto todas las llamas del Palacio de Gobierno donde estaba Balaguer, y termino con darle el primer golpe de estado telefónico en América Latina. Sacando a

Publicidad

EL ENVEJECIMIENTO 1

El envejecimiento es una tiránico dragón que puede ser abatido

Hasta 70 vidas por minuto podrían salvarse si se invirtiera más en longevidad


El envejecimiento humano se ha convertido en un dragón tirano que devora miles de vidas cada día. Nuestro sistema social se ha adaptado a esta fatalidad inviertendo ingentes cantidades de dinero. Sin embargo, el conocimiento humano ha divisado la posibilidad de curar el envejecimiento y necesita de grandes inversiones para conseguir la extensión del rango saludable de la vida humana y salvar hasta 70 vidas por minuto. No hay tiempo que perder. Por Nick Bostrom.



Universidad de Virginia
Universidad de Virginia
Había una vez un dragón gigantesco que tiranizaba el planeta. El dragón era más grande que la más grande de las catedrales, y estaba cubierto de gruesas escamas negras. Sus ojos brillaban con la luz bermeja del odio, y de sus terribles fauces brotaba un flujo incesante de baba verdosa y fétida. El dragón exigía a la humanidad un tributo espeluznante: para satisfacer su apetito desmedido, cada día al ponerse el sol diez mil hombres y mujeres debían ser entregados al pie de la montaña donde vivía. A veces el dragón devoraba a estos pobrecillos en cuanto llegaban; a veces los encerraba en la montaña, donde languidecían durante meses o años antes de ser finalmente devorados. 

El sufrimiento causado por el dragón tirano era incalculable. Además de los diez mil que diariamente sufrían una muerte horrenda, estaban sus madres, sus padres, sus esposas, sus maridos, sus hijos y sus amigos, que seguían viviendo sólo para llorar la pérdida de sus seres queridos. 

Algunos intentaron combatir al dragón, pero si fueron valientes o necios no es fácil de decir. Sacerdotes y magos lanzaron infructuosos anatemas. Guerreros lo atacaron, armados con rugiente coraje y las mejores armas que los herreros pudieran forjar, pero acabaron incinerados por su fuego antes de que pudieran acercársele. Químicos destilaron infusiones tóxicas, y valiéndose de ardides lograron que el dragón las bebiese, pero el único efecto aparente fue estimular aún más su apetito. Las garras, las fauces y el fuego del dragón eran tan efectivos, su escamosa armadura tan impenetrable, y su ser todo tan robusto, que lo hacían invencible ante cualquier ataque humano. 

Al ver que derrotar al tirano era imposible, los humanos no tenían otra opción que obedecer sus órdenes y pagar el pavoroso tributo. Los elegidos para morir eran siempre ancianos. Aunque las personas mayores fuesen tan robustas y vigorosas como las más jóvenes, y a veces más sabias, se pensaba que por lo menos habían gozado de unas cuantas décadas de vida. Los más adinerados podían granjearse una breve prórroga sobornando a las patrullas de reclutamiento que venían en su busca; pero por decreto constitucional nadie, ni aún el mismo rey, podía postergar indefinidamente su turno. 

Los hombres espirituales intentaban consolar a aquellos que sentían miedo de ser devorados (prácticamente todos, aunque algunos lo negasen públicamente) prometiendo una nueva vida tras la muerte, una vida que estaría libre del azote del dragón. Otros oradores argumentaban que el dragón tenía un lugar en el orden natural de las cosas, y el derecho moral a alimentarse. Decían que era parte del sentido mismo de ser humano el acabar en la panza del dragón. Otros más sostenían que el dragón era bueno para la especie humana, pues limitaba el crecimiento de la población. No se sabe en qué medida los apesadumbrados hombres se dejaban convencer por estos argumentos. La mayoría intentaba conformarse, no pensando en el triste fin que los esperaba. 

Adaptación a la fatalidad 

Esta desesperada situación duró muchos siglos. Ya nadie llevaba la cuenta de los muertos acumulados, ni de las lágrimas vertidas por sus deudos. Las expectativas habían ido ajustándose paulatinamente, y el dragón tirano había llegado a convertirse en una de las cosas de la vida. En vista de la evidente futilidad de cualquier resistencia, los intentos de matar al dragón habían cesado. Los esfuerzos se concentraban ahora en aplacarlo. Si bien el dragón ocasionalmente incursionaba en las ciudades, se comprobó que al entregarle puntualmente en la montaña su cuota de vidas, se reducía la frecuencia de estas correrías. 

Sabiéndose bajo la permanente amenaza de convertirse en pasto para la fiera, la gente comenzó a tener hijos más tempranamente y más seguido. Era común que una chica, al cumplir dieciséis años, hubiese ya concebido. Las parejas engendraban a menudo hasta una docena de hijos. De esta forma se evitaba que la población humana menguase, y que el dragón estuviese hambriento. 

A lo largo de estos siglos el dragón, bien alimentado, creció y creció, lentamente pero sin pausa. Había alcanzado ya casi el tamaño de la montaña que lo cobijaba. Y su apetito había aumentado en proporción. Diez mil cuerpos humanos no bastaban ya para llenar su panza. Ahora exigía ochenta mil, que debían ser entregados al pie de la montaña cada tarde al ponerse el sol. 

Lo que mantenía ocupada la mente del rey, más que las muertes o el dragón mismo, era la logística de reunir y transportar tanta gente a la montaña cada día. No era tarea fácil. 

Para facilitar el proceso, el rey hizo construir una vía férrea: dos cintas rectas de reluciente acero que conducían a la guarida del dragón. Cada veinte minutos, un tren llegaba al terminal de la montaña abarrotado de gente, y regresaba vacío. En las noches de luna los pasajeros del tren, si éste hubiese tenido ventanillas por donde asomarse, habrían podido ver frente a ellos la doble silueta del dragón y de la montaña, y un par de ojos carmesí como los rayos de dos gigantescos faros que indicasen el camino a la aniquilación. 

El rey empleaba un gran número de sirvientes para administrar el tributo. Había secretarios de registro que llevaban la cuenta de quiénes correspondía enviar. Había recolectores de gente que eran enviados en carros especiales a recoger a los designados. Viajando a menudo con pasmosa velocidad, se precipitaban con su carga a una estación del ferrocarril o directamente a la montaña. Había funcionarios que administraban las pensiones para las familias diezmadas e incapaces ya de mantenerse. Había calmadores que viajaban con los condenados camino a la montaña, intentando aliviar su angustia con licores y drogas. 

Había, además, un equipo de expertos dragonólogos que estudiaban formas de hacer más eficientes estos procedimientos logísticos. Algunos dragonólogos también llevaban a cabo estudios sobre la fisiología y el comportamiento del dragón, y recogían muestras – escamas caídas, baba que rebasaba sus fauces, dientes perdidos, excrementos moteados con fragmentos de huesos humanos. Todo ello se anotaba y archivaba escrupulosamente. 

Mientras más se sabía acerca de la bestia, más se confirmaba la percepción generalizada de su invulnerabilidad. Sus negras escamas, en particular, eran más duras que cualquier otro material conocido por los hombres, y parecía no haber modo de hacer siquiera un rasguño en su armadura. 

Para financiar todas estas actividades, el rey cobraba elevados tributos a su pueblo. El gasto asociado al dragón, que ya constituía un séptimo de la economía, crecía con mayor rapidez que el dragón mismo.

Rapunzelgifts
Rapunzelgifts
Una especie curiosa 

La humanidad es una especie curiosa. De vez en cuando alguien tiene una buena idea. Otros copian la idea, añadiéndole sus propias mejoras. Con el tiempo, se desarrollan muchos sistemas y herramientas sorprendentes. Algunos de estos dispositivos – calculadoras, termómetros, microscopios y los frascos de vidrio que usan los químicos para hervir y destilar líquidos – sirven para facilitar la generación y el ensayo de nuevas ideas, incluyendo ideas que hacen más expedito el proceso mismo de generar ideas. 

De esta forma la gran rueda de la invención, que giraba casi imperceptiblemente en las eras remotas, comenzó paulatinamente a acelerar. 

Los sabios predijeron que llegaría un día en que la tecnología permitiría a los humanos volar y hacer muchas otras cosas asombrosas. Uno de los sabios, que gozaba de gran prestigio entre los demás sabios, pero cuyos modales excéntricos lo habían convertido en un marginado social y en un ermitaño, llegó incluso a predecir que la tecnología haría posible algún día construir un artefacto que pudiese matar al dragón tirano. 

Los académicos del rey, sin embargo, desecharon tales ideas. Dijeron que los humanos eran demasiado pesados para volar, y que en todo caso carecían de plumas. Y en cuanto a la imposible noción de que algún día se pudiese matar al dragón, los libros de historia referían cientos de intentos, ninguno de los cuales había tenido éxito. “Todos sabemos que este hombre tenía algunas ideas irresponsables”, un académico de las letras escribió más tarde en el obituario para el sabio misántropo, que para entonces ya había sido enviado a ser devorado por la misma bestia cuyo fin había predicho, “pero sus escritos eran bastante entretenidos, y tal vez deberíamos agradecer al dragón por hacer posible el interesante género de la literatura anti-dragón, que tanto nos revela sobre la cultura de la angustia existencial”. 

Mientras tanto, la rueda de la invención seguía girando. Muchas décadas después, los humanos efectivamente volaron y lograron muchas otras cosas asombrosas. 

Sentido de las proporciones 

Unos cuantos dragonólogos iconoclastas comenzaron a argumentar en favor de un nuevo ataque contra el dragón tirano. Matar al dragón no sería fácil, decían, pero si se pudiese inventar un material más duro que la armadura del dragón, y si con semejante material se pudiese fabricar una especie de proyectil, entonces tal vez la hazaña sería posible. Al comienzo las ideas de los dragonólogos iconoclastas fueron rechazadas por sus pares sobre la base de que no existía material más duro que las escamas del dragón. Pero tras dedicar años de trabajo al problema, uno de los iconoclastas logró demostrar que una escama de dragón podía ser perforada por un objeto elaborado con cierto material compuesto. Muchos dragonólogos que antes se habían mostrado escépticos se unieron ahora a los iconoclastas. Los ingenieros calcularon que con ese material podría fabricarse un enorme proyectil, y se podría lanzar con fuerza suficiente para penetrar la armadura del dragón. Sin embargo, producir las cantidades necesarias de ese material compuesto sería muy costoso. 

Un grupo de varios ingenieros y dragonólogos eminentes envió una petición al rey solicitando fondos para construir el proyectil anti-dragón. En el momento en que fue enviada la petición, el rey estaba ocupado conduciendo a su ejército a luchar contra un tigre. El tigre había matado a un granjero, para luego desaparecer en la jungla. Por los campos cundió el temor de que el tigre pudiese salir y atacar nuevamente. El rey hizo rodear la jungla y ordenó a sus tropas que se abrieran paso a través del follaje. Al término de la campaña, el rey anunció que los 163 tigres de la jungla, incluyendo supuestamente al tigre asesino, habían sido cazados. Con el alboroto de la guerra, sin embargo, la petición se había extraviado o había sido olvidada. 

Los solicitantes enviaron entonces una nueva petición. Esta vez recibieron respuesta de uno de los secretarios reales, diciendo que el rey consideraría su solicitud una vez que finalizara la revisión del presupuesto anual para la administración del dragón. El presupuesto de ese año era el mayor hasta esa fecha, e incluía la financiación de una nueva vía férrea hasta la montaña. Se consideraba necesario contar con una nueva vía férrea, pues con el aumento del tráfico la vía existente ya no daba abasto (el tributo exigido por el dragón tirano había aumentado a cien mil seres humanos, que debían ser entregados al pie de la montaña al caer la tarde). Sin embargo, cuando el presupuesto fue finalmente aprobado, llegaron noticias de una plaga de serpientes que infestaban una remota aldea. El rey tuvo que partir con urgencia para movilizar su ejército y cabalgar al encuentro de esta nueva amenaza. La petición de los antidragonistas quedó archivada en algún estante polvoriento del sótano del castillo. 

Los antidragonistas se reunieron nuevamente para decidir qué hacer. El debate fue animado, y se prolongó hasta bien entrada la noche. Era casi el amanecer cuando finalmente resolvieron llevar el asunto ante el pueblo. Durante las semanas siguientes viajaron por todo el país, dieron conferencias públicas, y explicaron su propuesta a todo aquel que quisiera escuchar. Al comienzo las personas se mostraban escépticas. Les habían enseñado en la escuela que el dragón tirano era invencible, y que los sacrificios que exigía debían ser aceptados como parte de la vida. Pero cuando se enteraron del nuevo material compuesto y de los diseños del proyectil, los ciudadanos se precipitaron en masa a las conferencias antidragonistas. Algunos activistas comenzaron a organizar manifestaciones públicas para apoyar la propuesta. 

Resistencias al cambio 

Cuando el rey, a través de los periódicos, se informó de estas reuniones, convocó a sus consejeros y les pidió su opinión al respecto. Le informaron acerca de las peticiones enviadas, pero le dijeron que los antidragonistas eran unos revoltosos cuyas enseñanzas instigaban a la sublevación. Era mucho mejor para el orden público, decían, que la gente aceptase la inevitabilidad del tributo al dragón tirano. La administración del dragón era fuente de muchos empleos, que se perderían si el dragón era ultimado. No cabía esperar beneficio social alguno de la conquista del dragón. Como fuere, las arcas reales estaban casi vacías tras dos años de campañas militares, y por los fondos destinados a la segunda vía férrea. El rey, que en ese momento gozaba de gran popularidad por haber domeñado la plaga de serpientes, escuchó los argumentos de sus consejeros, pero le preocupaba perder parte del apoyo popular si ignoraba ostensiblemente la petición de los antidragonistas. Decidió entonces convocar a una audiencia pública. Destacados dragonólogos, ministros de Estado y miembros del público interesados, fueron invitados a participar. 

La audiencia se llevó a cabo el día más oscuro del año, justo antes de las vacaciones de Navidad, en el salón más grande del castillo real. El salón rebosaba de público, y la gente se apretujaba en los pasillos. Había en el aire un hálito de solemne seriedad normalmente reservada para las cruciales sesiones de tiempos de guerra. 

Tras dar a todos la bienvenida, el rey dio la palabra al principal científico del bando antidragonista, una mujer cuyo rostro reflejaba una expresión seria, casi severa. La mujer procedió a explicar en un lenguaje sencillo cómo funcionaría el dispositivo propuesto, y cómo se podría fabricar la cantidad necesaria de material compuesto. Si se contaba con los fondos solicitados, la labor podría llevarse a cabo en unos quince o veinte años. Con fondos mayores podría hacerse quizás en tan sólo doce años. El éxito, sin embargo, no estaba garantizado. Los asistentes seguían con atención sus palabras. 

El siguiente en hablar fue el real consejero para la moralidad, un hombre cuya voz resonante llenaba sin esfuerzo el recinto: “Supongamos que esta mujer está en lo correcto por lo que respecta a la ciencia, y que el proyecto es tecnológicamente factible, aunque no me parece que esto haya sido demostrado. Ahora ella quiere que nos deshagamos del dragón. Supuestamente, se considera con el derecho de no ser engullida por el dragón. ¡Vaya testarudez! ¡Vaya petulancia! La finitud de la vida humana es una bendición para todo ser, lo sepa o no. Eliminar al dragón, a primera vista tan conveniente, socavaría nuestra dignidad humana. La dedicación a la empresa de matar al dragón nos apartaría del camino que nos lleva a cumplir las aspiraciones que constituyen la finalidad natural de nuestras vidas, que no es mantenernos vivos, sino vivir en plenitud. Es indigno – sí, indigno – que alguien desee prolongar tanto como le sea posible su vida mediocre, sin ocuparse de la pregunta superior, que es cómo debemos usar la vida. Por eso os digo que es la naturaleza del dragón el devorar seres humanos, y la naturaleza propia de nuestra especie se cumple cabal y noblemente cuando somos devorados…” 

El público escuchó respetuosamente al condecorado orador. Tan elocuente fue su discurso que resultaba difícil resistir la sensación de que tras él se celaban profundos pensamientos, aunque nadie pudiese discernir con precisión cuáles eran. Ciertamente, las palabras de tan distinguido asesor del rey debían contener una substancia profunda.

Las fases del envejecimiento
Las fases del envejecimiento
La voz de un niño 

Era el turno de un sabio espiritual que gozaba del más amplio respeto, tanto por su bondad y gentileza como por su devoción. Cuando se dirigía al estrado, un niño de entre el público gritó: “¡El dragón es malo!” 

Los padres del niño, rojos de vergüenza, comenzaron a acallarlo y reñirlo. Pero el sabio dijo: “Dejad que el niño hable. Es probable que sea más sabio que un viejo tonto como yo.” 
Al comienzo el niño estaba demasiado asustado y confundido para moverse siquiera. Pero al ver la sonrisa genuinamente amistosa en el rostro del sabio y su mano extendida, la asió obediente y siguió al sabio hasta el estrado. “Aquí tenemos a un valiente jovencito,” dijo el sabio. “¿Tienes miedo del dragón?” 

“Quiero a mi abuelita,” dijo el niño. 

“¿El dragón se llevó a tu abuelita?” 

“Sí,” respondió el niño mientras las lágrimas se asomaban a sus ojos grandes y asustados. “La abuelita me prometió que me enseñaría a hacer galletas de jengibre para la navidad. Me dijo que haríamos una casita de jengibre y hombrecillos de jengibre que vivirían en ella. Entonces vino esa gente de blanco y se la llevaron al dragón… El dragón es malo y se come a la gente… ¡Quiero a mi abuelita!” 

El niño lloraba ahora con tal desconsuelo que el sabio se vio obligado a entregarlo a sus padres. 

Muchos otros hablaron esa noche, pero el simple testimonio del niño había pinchado el balón de retórica que los ministros del rey habían intentado inflar. El público apoyaba a los antidragonistas, y al finalizar la audiencia hasta el mismo rey había reconocido la justicia y humanidad de su causa. En sus palabras finales, dijo simplemente: “¡Hagámoslo!” 

Cuando la noticia se esparció, las celebraciones estallaron en las calles. Los que habían promovido la causa antidragonista brindaron y bebieron por el futuro de la humanidad. 
A la mañana siguiente, mil millones de personas despertaron y se dieron cuenta de que su turno llegaría antes de que el proyectil estuviese listo. Fue el punto de quiebre. Mientras que antes sólo un reducido grupo de visionarios apoyaba activamente la causa antidragonista, ahora se había convertido en la primera prioridad y preocupación de todos. El concepto abstracto de “voluntad colectiva” había adquirido una intensidad y una nitidez casi tangibles. Mediante concentraciones masivas se reunía dinero para el proyecto y se intimaba al rey a aumentar el monto de la financiación estatal. El rey respondió a estos llamados. En su discurso de Año Nuevo, anunció que aprobaría nuevos decretos para incrementar los fondos destinados al proyecto; además, vendería su castillo de veraneo y parte de sus tierras para aportar un considerable donativo personal. “Pienso que esta nación debe comprometerse a alcanzar, antes del fin de esta década, el objetivo de liberar al mundo del flagelo inmemorial del dragón tirano.” 

Carrera contra el tiempo 

Comenzó así una gran carrera tecnológica contra el tiempo. El concepto de un proyectil antidragón era simple, pero convertirlo en realidad exigía resolver una miríada de problemas técnicos menores, cada uno de los cuales exigía a su vez gastar tiempo en docenas de pasos, algunos de ellos en falso. Se dispararon misiles de prueba que se estrellaban contra el suelo o volaban erráticamente. Un accidente trágico se produjo cuando un misil fuera de control fue a dar contra un hospital, matando a varios pacientes y empleados. Pero el rumbo estaba trazado, y las pruebas continuaron incluso cuando aún se rescataban cuerpos de entre los escombros. 

A pesar de contar con financiación casi ilimitada y del trabajo incesante de los técnicos, el plazo establecido por el rey no se pudo cumplir. La década llegó a su fin y el dragón seguía vivo y coleando. Pero los esfuerzos se acercaban a la meta. Un prototipo de misil había sido lanzado exitosamente. La producción del núcleo, fabricado con el costoso material compuesto, concluiría a tiempo para instalarlo en la versión corregida y mejorada del misil. Se programó el lanzamiento para la víspera de Año Nuevo del año siguiente, exactamente al cumplirse doce años de la inauguración oficial del proyecto. Ese año, el regalo de Navidad más vendido fue un calendario que contaba los días faltantes para el Magno Evento, y las ganacias obtenidas se destinaron al proyecto misil. 

El rey había sufrido un proceso de transformación personal, y no era ya el que solía ser, frívolo y despreocupado. Ahora pasaba tanto tiempo como le era posible en los laboratorios y en las plantas de producción, estimulando a los trabajadores y alabando su esfuerzo. A veces llevaba un saco de dormir y pasaba la noche en el suelo de un ruidoso taller. Incluso estudiaba e intentaba comprender los aspectos técnicos del trabajo, pero siempre limitándose a entregar apoyo moral y evitando inmiscuirse en asuntos técnicos o administrativos. 

Siete días antes del Año Nuevo, la mujer que casi doce años antes había presentado el caso en favor del proyecto, y era ahora su principal ejecutiva, llegó al castillo real y solicitó una audiencia urgente con el rey. Cuando el rey recibió su nota, se excusó con los dignatarios extranjeros que de mala gana había invitado a la cena de Navidad anual, y se dirigió a toda prisa al despacho privado donde lo esperaba la científica. Como era ya habitual, estaba pálida y consumida por las largas horas de trabajo. Esa noche, sin embargo, el rey creyó percibir también un atisbo de alivio y satisfacción en sus ojos. 

Dijo ella que el misil estaba preparado, el núcleo instalado, que todo había sido revisado tres veces, que estaban listos para el lanzamiento, y le preguntó al rey si contaban con su venia para proceder. El rey se hundió en el sillón y cerró los ojos, enfrascándose en sus pensamientos. Lanzar el misil esa misma noche, con una semana de anticipación, significaba salvar las vidas de setecientas mil personas. Pero si algo salía mal, si erraban el blanco y el misil se estrellaba contra la montaña, sería un desastre. Habría que comenzar nuevamente a construir un núcleo, y el proyecto se atrasaría unos cuatro años. Se quedó allí sentado, en silencio, durante casi una hora. Finalmente, cuando ya la científica creía que se había quedado dormido, abrió los ojos y dijo con voz firme: “No. Regrese usted al laboratorio. Quiero que revise y vuelva a revisar todo de nuevo.” La científica no pudo contener un suspiro; pero asintió y se marchó. 

El último plazo 

El último día del año estaba frío y nublado, pero el viento estaba en calma, ofreciendo buenas condiciones para el lanzamiento. El sol se estaba poniendo. Los técnicos pululaban por doquier, haciendo los ajustes finales y revisándolo todo por última vez. El rey y sus más cercanos consejeros observaban desde un tablado cercano a la plataforma de lanzamiento. Más allá, tras una reja, una gran cantidad de público se había reunido para observar el magno evento. Un gran reloj mostraba el tiempo restante: faltaban cincuenta minutos. 

Un consejero le dio al rey un golpecito en el hombro para llamar su atención y le señaló la reja. Algo estaba ocurriendo. Al parecer, alguien había saltado la reja y corría hacia el tablado donde se hallaba sentado el rey. Los guardias pronto le dieron alcance, lo esposaron y se lo llevaron preso. El rey volvió a dirigir su atención a la plataforma de lanzamiento y a la montaña en la distancia. Frente a la montaña podía distinguir la silueta oscura del dragón, tumbado sobre un costado, comiendo. 

Unos veinte minutos después, el rey se sorprendió al ver al hombre esposado aparecer nuevamente a corta distancia del tablado. Le sangraba la nariz, y lo acompañaban dos guardias. El hombre parecía enloquecido. Cuando divisó al rey, comenzó a gritar a voz en cuello: “¡El último tren! ¡El último tren! ¡Detened el último tren!” 
“¿Quién es este joven?” preguntó el rey. “Su rostro me es familiar, pero no logro identificarlo. ¿Qué es lo que quiere? Permítanle que se acerque.” 

El joven era un empleado subalterno del ministerio de transportes, y la razón de su frenesí era que se había enterado de que su padre iba en el útimo tren a la montaña. El rey había ordenado que el tráfico de trenes continuara normalmente, temiendo que cualquier alteración pudiera hacer que el dragón abandonara el campo abierto frente a la montaña donde pasaba la mayor parte del tiempo. El joven imploró al rey que emitiese una orden de regreso para el último tren, que debía llegar al terminal de la montaña cinco minutos antes de la hora señalada. 

“No puedo hacerlo,” dijo el rey. “No puedo correr ese riesgo.” 

“Pero los trenes a menudo se atrasan cinco minutos. El dragón no se dará cuenta. ¡Os lo suplico!” 

El joven se hallaba arrodillado ante el rey, implorándole que salvara la vida de su padre y de los otros mil pasajeros a bordo del último tren. 

El rey dirigió su mirada hacia abajo, y vio el rostro suplicante y ensangrentado del joven. Pero se mordió los labios y sacudió la cabeza. El joven continuó suplicando cuando los guardias se lo llevaron del tablado: “¡Os lo ruego! ¡Detened el último tren! ¡Os lo suplico!” 
El rey se quedó callado e inmóvil hasta que, al cabo de un rato, los gritos cesaron. El rey miró hacia arriba y dio un vistazo al reloj de la cuenta regresiva: quedaban cinco minutos. 
Cuatro minutos. Tres minutos. Dos minutos. 

El útimo de los técnicos abandonó la plataforma. Treinta segundos. Veinte segundos. Diez, nueve, ocho…

Namelygifts
Namelygifts
Publicidad
Regresar al inicio
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post